Teoria de la Simetria

QUE ES LA  SIMETRIA DEL NIÑO CON EL ADULTO

La simetría del niño con el adulto es un cambio en la forma que asume la identificación primaria de las nuevas generaciones. Hoy el niño desde que nace merced a sus neuronas espejo (Rissollatti, G, 1996) copia masivamente a sus padres como si estuviera frente a un espejo,  lo que lo ubica desde el vamos en un lugar de paridad con el adulto que confía en su propio criterio. Pero a la vez  no se termina de separar o diferenciar suficientemente  sino que permanece como formando parte de un todo con sus padres, disponiendo de su  tiempo, de su energía y de sus recursos economía como si todo les perteneciera,  esperando al mismo tiempo de su espejo la correspondencia total.

Por eso tantos niños hablan piensan y sienten como adultos, pueden ser muy independientes, captan muchísima información  sin censura ya que carecen de represión por eso hay tantos sobredotados y a la vez tantos niños con dificultades de adaptación.  Por un lado se pueden hacer cargo de situaciones y emociones que no les corresponden y  por otro se sienten mortificados y devaluados en su posición de paridad cuando los padres les dicen lo que tienen que hacer. Esto genera un permanente cortocircuito  en la comunicación cortidiana.

La paridad psíquica del niño y joven con el adulto modifica  totalmente el paradigma de autoridad establecido y hace mucho más difícil la contención y la puesta de límites .

La principal dificultad que trae la simetría es que los niños copian a sus padres pero no los internalizan como figuras protectoras y por eso quedan  solos por dentro librados a sus propios temores e inseguridades y a su propia autoexigencia ya que la palabra de los padres al no estar jerarquizada no  funciona como contención.

Messing, C: Desmotivación, insatisfacción y abandono de proyectos en los jóvenes, Noveduc, 2007; Simetría entre padres e hijos, Noveduc, 2010; Cómo sienten y piensan los niños hoy, Noveduc, 2017

 

DIMENSIONES Y EFECTOS DE LA SIMETRIA

Primera dimensión. Es la copia o mimetización masiva que hacen los niños de la forma de hablar, pensar y actuar de los adultos, que los lleva a confundirse con ellos y a tomar como propias sus roles y funciones, sus emociones, rasgos, deseos insatisfechos, así como las historias y situaciones traumáticas no resueltas tanto de sus padres como de generaciones anteriores. Uno de los principales efectos de la mimetización masiva del niño con sus padres es que cree ser un adulto con todas sus capacidades, sin percibir las limitaciones y falta de recursos que su edad madurativa y cronológica le impone. O sea los niños entienden que pueden mandar igual que lo hacen los adultos, que nada les falta para ejercer ese poder, ni edad, ni estatura, ni maduración, ni experiencia. Desde su perspectiva, si los padres pueden mandar ellos también pueden hacerlo. La más importante de las consecuencias de esta confusión es que, al sentirse adulto, el niño cree que ya no necesita cuidado ni protección de sus padres, lo que lo pone en un lugar de autoabastecimiento imaginario, de soledad y de desprotección. La otra gran consecuencia es la tendencia que tienen a preocuparse, angustiarse y hacerse cargo de múltiples situaciones que no les corresponden. Los niños piensan que pueden ocupar el lugar de sus padres, cuidarlos, controlarlos, sermonearlos, educar a sus hermanos y amiguitos y también ocupar el lugar de sus maestros.

Debido a la característica de estrictez que caracteriza a los niños, los rasgos de los adultos aparecen potenciados, exagerados, y son puestos en evidencia muchas veces a través de síntomas sobre los que los padres hacen consultas con frecuencia. Estos coinciden la mayoría de las veces con características problemáticas o conflictivas de los adultos con los cuales se convive y producen sufrimiento, pero que no han sido suficientemente identificadas o tratadas. Asimismo, se mimetizan con las historias y situaciones traumáticas no resueltas que se traspasan mucho más directamente ahora de padres a hijos en función de la simetría como cambio de la subjetividad. Por ello se requiere un abordaje terapéutico vincular en el tratamiento de niños y jóvenes.

 

Segunda dimensión. El niño no solo se mimetice con las frases y actitudes del adulto hasta confundirse con él, sino que esta misma copia masiva le genera un efecto imaginario de igualdad. El niño no reconoce diferencias, se siente un igual, con los mismos derechos y atribuciones que el adulto, se equipara totalmente con él.

Así, desde este lugar de paridad en que queda ubicado, no registra ni internaliza suficientemente la diferencia grande-chico, y por el contrario confía en su propio saber. Esto complica profundamente el proceso educativo y de crianza puesto que los niños no reconocen la palabra del adulto como calificada sino como un criterio dentro de otros.. Esa certeza del niño en su propio criterio hace que el adulto deba validar su autoridad constantemente, ya que esta queda puesta en cuestión, con lo que se cambia el paradigma conocido hasta ahora.

No es lo mismo contener, educar y colocar los límites a un niño que reconoce la diferencia con el adulto, que tiene internalizada una jerarquía grande-chico en su cabeza, que a uno que confía en su propio criterio y esto lo pone totalmente a la par del adulto. Ante la recomendación del adulto, se siente humillado, desvalorizado, aturdido e intenta imponer su parecer. La reiteración de este tipo de situaciones y el desconocimiento por parte de los adultos de este cambio estructural lo puede llevar a desarrollar aquello que hoy se nombra como “conductas negativistas y desafiantes”. La lectura de la simetría nos aporta otra mirada para comprender las dificultades del adulto para ejercer la autoridad. Como ya hemos dicho, se hace muchísimo hincapié en las fallas de los padres para ejercer su función y se insiste una y otra vez en la necesidad de colocar límites a los niños y jóvenes. Pero no se da a los adultos una instrumentación adecuada para hacerlo porque todavía se desconoce hasta qué punto el psiquismo del niño es diferente. Estamos en presencia de un niño ubicado internamente en paridad con el adulto y esto hace que sea necesario modificar el modelo de autoridad y de límites para adecuarlo a esta realidad.

 

Tercera dimensión. Como consecuencia de la mimetización masiva con el otro aparece una dificultad en la individuación y la internalización de los padres como figuras protectoras. El niño copia masivamente al adulto pero no lo internaliza, sigue funcionando como si formara parte de un todo con el otro, con lo cual le cuesta mucho más la separación, la autonomía y alcanzar su plena individuación. Esa falta de separación le hace creer en una completud imaginaria, desde donde es posible alcanzar la totalidad, la perfección, la certeza total. Los límites y limitaciones propias de lo humano no son toleradas y esto los lleva a una gran intolerancia a la frustración, autoexigencia, y también a ser hiperexigentes o hipercríticos con los demás. Todos estos factores en la interacción con el contexto favorecen la multiplicación de las nuevas sintomatologías que aparecen cada vez más en niños y jóvenes, y también en gran medida en los adultos.